lunes, 23 de mayo de 2016

¿Cervezas en silencio?

 ¡¡Bienvenido/a, mi queridísimo lector a la hora que sea que estés leyendo!! 

 

 

A mí la cerveza no suele gustarme, de hecho, nunca he acompañado ninguna comida con ella. Pero en ocasiones de “reuniones nocturnas” parece que entra sola y más si hace calor y te la ponen en un vaso recién sacado del congelador.
Y solos también, entran los temas que van surgiendo mientras la bebes.

El pasado sábado noche compartí esos vasos congelados con un grupo de personas, del cual, acababa de conocer a dos.
Surgieron numerosos temas de conversación hasta que llegó el tema político y de ahí nos adentramos en una conversación un tanto extraña para mí, porque creo que sobraba… la forma de vestir. 

La primera crítica fue sobre cómo debían de vestir los grupos políticos, porque “no se puede ir sin traje”. La segunda crítica iba dirigida al resto de la sociedad sobre cómo debía o no debía de vestirse según los eventos y tipos de celebraciones. Y, la tercera, en la que ya me andaba pidiendo la segunda cerveza porque el calor aumentaba, era sobre la vestimenta que había que llevar en una entrevista de trabajo. 

Para que luego digan que en la calle no se aprende… Pero esa noche saqué conclusiones que me dieron hasta pena y más tratándose de gente tan joven. 

A simple vista no parece un problema mayor, que sí, que un grupo de jóvenes tenga sus ciertos prejuicios hacia otras personas en función de su vestimenta. Pero, entre otras cosas, ¿qué podría pasar si estos jóvenes alcanzaran un puesto directivo en sus respectivos trabajaos y dependiera de ellos la contratación (o no) de nuevo personal?
Se antepone la presencia a la validez y cualificación profesional. 

Luego, ¿por qué no procede que un político vaya en vaqueros o camisa? ¿Porque es un sitio serio? ¿Y cuál es la seriedad que tienen a la hora de robar y manipular?    
Entonces, saco otra conclusión que jamás me la había planteado, y es que la ideología política pueda estar condicionada al estilo de sus representantes. 

Que sí, que esto puede parecer una absurdez y quizás, (y ojalá), suceda en la minoría de personas, pero está sucediendo de alguna manera, y encima, ¡vine yo a escucharlo!

No creo en protocolos. Si yo me visto para cualquier evento como me quiera vestir, no es porque proceda, o porque sea lo establecido, es porque para mí es lo que mejor me conviene. Por eso me parece mal que si alguien, sean las razones que sean, se sale de la norma ya no sea “válido”.
En general, me entristeció que a día de hoy, en el que la precariedad laboral es latente, el canon de belleza impuesto (tanto para hombres como para mujeres) es casi imposible, los salarios básicamente van destinados a pagar impuestos y en una mínima parte al ahorro (y afortunados), se condicione a un estilo de vestir, del que se precisa que estos tres apartados mencionados anteriormente estén “a la altura establecida”, la validez profesional de una persona.

A veces me cuesta entender a personas que no piensan como yo y esa noche alguien dijo que “el problema es que pretendemos cambiar la forma de pensar de la otra persona, y en algunas ocasiones, y más cuando ves algo tan claro, te empeñas.
Pero además de ver la parte negativa salí muy reforzada por pensar como pienso. Y hay veces en las que me digo, ¿pensaré así por mi profesión? ¿o por rodearme de quién me rodeo? Y enseguida me contesto con un NO profundo, porque si a día de hoy pensara distinto sería muy infeliz con las barreras que yo misma me pondría. No vería más allá, de este protocolo social de cómo deberían de ser las cosas. 

En estas palabras he querido reflejar sólo un tema de conversación de la noche, pero no fue el único. Por lo que si esas personas llegan a leerlo que no se ofendan porque esto lo podría estar escribiendo las personas de la otra mesa, y quizás, con menos miramiento. Pese a ello, la noche estuvo genial.
Genial porque, también saco otra conclusión y es que nunca subestimes lo que pueda haber detrás de cada cerveza, por lo que propongo repetirlo.
 

 

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