¡¡Bienvenido/a, mi queridísimo lector a la hora que sea que estés leyendo!!
A mí la cerveza no suele gustarme, de
hecho, nunca he acompañado ninguna comida con ella. Pero en ocasiones de “reuniones
nocturnas” parece que entra sola y más si hace calor y te la ponen en un vaso
recién sacado del congelador.
Y solos también, entran los temas
que van surgiendo mientras la bebes.
El pasado sábado noche compartí
esos vasos congelados con un grupo de personas, del cual, acababa de conocer a
dos.
Surgieron numerosos temas de
conversación hasta que llegó el tema político y de ahí nos adentramos en una
conversación un tanto extraña para mí, porque creo que sobraba… la forma de vestir.
La primera crítica fue sobre cómo
debían de vestir los grupos políticos, porque “no se puede ir sin traje”. La
segunda crítica iba dirigida al resto de la sociedad sobre cómo debía o no
debía de vestirse según los eventos y tipos de celebraciones. Y, la tercera, en
la que ya me andaba pidiendo la segunda cerveza porque el calor aumentaba, era
sobre la vestimenta que había que llevar en una entrevista de trabajo.
Para que luego digan que en la
calle no se aprende… Pero esa noche saqué conclusiones que me dieron hasta pena
y más tratándose de gente tan joven.
A simple vista no parece un
problema mayor, que sí, que un grupo de jóvenes tenga sus ciertos prejuicios
hacia otras personas en función de su vestimenta. Pero, entre otras cosas, ¿qué
podría pasar si estos jóvenes alcanzaran un puesto directivo en sus respectivos
trabajaos y dependiera de ellos la contratación (o no) de nuevo personal?
Se antepone la presencia a la
validez y cualificación profesional.
Luego, ¿por qué no procede que un
político vaya en vaqueros o camisa? ¿Porque es un sitio serio? ¿Y cuál es la
seriedad que tienen a la hora de robar y manipular?
Entonces, saco otra conclusión que
jamás me la había planteado, y es que la ideología política pueda estar condicionada
al estilo de sus representantes.
Que sí, que esto puede parecer una
absurdez y quizás, (y ojalá), suceda en la minoría de personas, pero está
sucediendo de alguna manera, y encima, ¡vine yo a escucharlo!
No creo en protocolos. Si yo me
visto para cualquier evento como me quiera vestir, no es porque proceda, o
porque sea lo establecido, es porque para mí es lo que mejor me conviene. Por
eso me parece mal que si alguien, sean las razones que sean, se sale de la
norma ya no sea “válido”.
En general, me entristeció que a
día de hoy, en el que la precariedad laboral es latente, el canon de belleza
impuesto (tanto para hombres como para mujeres) es casi imposible, los salarios
básicamente van destinados a pagar impuestos y en una mínima parte al ahorro (y
afortunados), se condicione a un estilo de vestir, del que se precisa que estos
tres apartados mencionados anteriormente estén “a la altura establecida”, la
validez profesional de una persona.
A veces me cuesta entender a
personas que no piensan como yo y esa noche alguien dijo que “el problema es que pretendemos cambiar la
forma de pensar de la otra persona”, y en algunas ocasiones, y más cuando
ves algo tan claro, te empeñas.
Pero además de ver la parte
negativa salí muy reforzada por pensar como pienso. Y hay veces en las que me
digo, ¿pensaré así por mi profesión? ¿o por rodearme de quién me rodeo? Y
enseguida me contesto con un NO profundo, porque si a día de hoy pensara
distinto sería muy infeliz con las barreras que yo misma me pondría. No vería
más allá, de este protocolo social de cómo deberían de ser las cosas.
En estas palabras he querido
reflejar sólo un tema de conversación de la noche, pero no fue el único. Por lo
que si esas personas llegan a leerlo que no se ofendan porque esto lo podría
estar escribiendo las personas de la otra mesa, y quizás, con menos miramiento.
Pese a ello, la noche estuvo genial.
Genial porque, también saco otra
conclusión y es que nunca subestimes lo que pueda haber detrás de cada cerveza,
por lo que propongo repetirlo.
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